|
 Supongamos que el pronóstico del enviado de Obama a Oriente Medio, George Mitchell, se cumple y dentro de dos años, en una ceremonia solemne, se declara el establecimiento de un Estado palestino independiente.
El evento se transmitirá en vivo y en directo en horas de mayor audiencia, pero la mayoría de los israelíes preferirán ver "Gran Hermano 6", "Supervivientes 7" o cualquier otro éxito televisivo, no porque se opongan a un Estado palestino, simplemete por indiferencia. Palestina-Plastilina no les interesa.
La mayoría de los israelíes están alejados del conflicto con los palestinos y no se rozan con ellos. Desde su punto de vista, se trata de imágenes borrosas y esporádicas en los noticieros: Mahmud Abbás preocupado, Ismail Haniye pronunciando discursos, mujeres con los rostros cubiertos llorando sus muertos, hombres corriendo con camillas detrás de las ambulancias, encapuchados disparando misiles Kassam. Los israelíes no tienen interés en saber más. Shejem y Ramallah distan aproximadamente 40 minutos de viaje de Tel Aviv, pero para ellos se encuentran en otro planeta. Nueva York, Londres y Bangkok están mucho más cerca.
Los asentados judíos detrás de la cerca de seguridad son los únicos que ven a los palestinos, especialmente a través de las ventanillas de sus automóviles en las carreteras comunes. También ellos, como los palestinos, están aislados de los habitantes de Tel Aviv, Haifa o Beer Sheva, quienes casi nunca cruzarán la cerca. No tienen nada que buscar en Alón Moré, Izhar o Psagot. A los asentamientos grandes, como Maalé Adumim y Ariel, se puede viajar casi sin ver palestinos.
La política de aislamiento es un verdadero legado de Ariel Sharón que construyó la cerca de seguridad en Cisjordania, salió unilateralmente de Gaza y expulsó a los palestinos del mercado laboral de Israel. Sharón nunca creyó en la paz ni en "los árabes"; sólo quiso defender a los judíos de los atentados de los vecinos "sedientos de sangre".
Alejar a los palestinos de la visual posibilita que los israelíes vivan como si no existiese el conflicto, apostando unos cuantos soldados en las líneas de enfrentamiento. También "el problema demográfico", mientras esté preso detrás de las murallas y las cercas, no preocupa a nadie.
En un pasado no muy lejano, la economía israelí se apoyó en el trabajo palestino, pero sólo israelíes adultos aún se acuerdan de ellos en los restaurantes, en los edificios en construcción y en las estaciones de servicio. En algunos lugares hasta se entablaron ciertas relaciones de amistad y solidaridad: los mozos del restaurante "206" en Kyriat Shaul (Jerusalén) todavía juntan propinas para el amigo palestino que durante años sirvió en las mesas junto a ellos y ahora no puede salir de Gaza.
Narraciones similares ya forman parte del folklore. La Bolsa casi no está influenciada por la caía de tal o cual misil en Sderot o Ashkelón, los precios en los shoppings y los supermercados suben como si Israel se tratara de Hong Kong y no de un país amenazado en permanenete estado de alerta.
Ese aislamiento incrementa la diferencia en la forma en la que los israelíes ven a su país y la manera en que está expuesto a los ojos del mundo. Los medios locales describen a Israel como una potencia tecnológica occidental, como una sucursal de Manhattan y Hollywood. En cambio, cuando la prensa extranjera reseña el conflicto, se pueden ver atentados terroristas y represalias, asentamientos judíos, campos de refugiados y negociaciones de paz.
Cuando los israelíes que jamás visitaron un asentamiento se ven en la CNN, se ofenden: "¡Nosotros no somos así; eso es propaganda antisemita!", dicen.
Extranjeros que visitan Israel se asombran al descubrir que la realidad de los que viven aquí es totalmente diferente a lo que vieron y oyeron en sus casas. Ellos esperaban encontrarse con un violento Estado de apartheid y se asombran que no existen baños y autobuses separados para judíos y árabes. Se imaginaban una comunidad conservadora, ultra religiosa y se apabullan de la vida nocturna en Tel Aviv. Caminan por las calles de Haifa, Natanya o Raanana y captan que en Londres, París o Madrid se ven mucho más árabes que en la mayoría de las ciudades en Israel.
Debido al aislamiento y la indiferencia, no hay presión pública sobre el gobierno para retirarse de los territorios y establecer un Estado palestino. La oposición a cualquier iniciativa de paz de EE.UU se concentra en la extrema derecha nacionalista, mesiánica y radical.
A la mayoría de los israelíes simplemente eso no les interesa; ellos hace tiempo que renunciaron a los territorios. Si George Mitchell tendrá éxito en su misión, lo escucharán un rato y cambiarán de canal.
Fuente: Haaretz - 13.1.10 Traducción: Lea Dassa para Argentina.co.il
|