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Opinión
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Escrito por Aarón Lapidot
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Viernes 22 de Enero de 2010 15:58 |
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 La pena de muerte está destinada a conformar sólo un impulso de la sociedad: la venganza. El imperativo "Ojo por ojo y diente por diente" no repara el atropello ocasionado a la víctima, no la resucita y no hace justicia.
Los miembros de la Knéset Moshé Matalón (Israel Beiteinu), Carmel Shama (Likud), Arieh Eldad (HaIjud Haleumí) y Arié Bibi (Kadima) presentaron en el parlamento israelí un proyecto de ley para sentenciar con pena de muerte a asesinos de niños menores de 13 años.
Aparentemente, un procedimiento natural debido al incremento de asesinatos de niños en la última época.
¿Cuáles serían sus motivos? ¿Existe acaso algún corazón que no se rompa ante las fotos de la pequeña Roze y la imagen de la valija chorreando agua cuando se la sacó de las profundidades del Yarkón con su cuerpecito dentro?
¿Quién no quedó consternado ante el crimen de los niños de la familia Oshrenko o no se impresionó hasta lo más profundo de su alma por el asesinato de León Kalentrov de 7 años?
No cabe duda: en la escala de crímenes denigrantes, que una persona pueda acabar con la vida de niños inocentes se encuentra en una etapa muy cerca del tope. Una criatura no siempre entiende que el hombre que está frente a ella desea hacerle mal; no comprende que en la punta de su chupetín en ocasiones hay un cuchillo.
Inocencia y pureza, cualidades magníficas de los niños, son también a veces un enemigo amargo y mortal.
¿Cómo no apoyar propuestas de ley que sentencian con pena de muerte a quienes cometen esos crímenes aberrantes?
Y a pesar de todo, ¡no! La pena de muerte está destinada a conformar sólo a un impulso de la sociedad: la venganza. El imperativo "Ojo por ojo y diente por diente" no repara el atropello ocasionado a la víctima; no lo resucita y no hace justicia.
En nombre de la falsa "justicia" encontraron la muerte miles de personas inocentes en los patíbulos emplazados en todos los confines del mundo que acostumbra a autodenominarse "cultural"; desde la guillotina cubierta de sangre de la Revolución Francesa hasta las hogueras que quemaron a las "brujas" de Salem en América.
En todo lugar donde la sociedad se consideró dueña de arrebatar una vida, se cometieron crímenes horrendos contra cantidades enormes de seres humanos que no eran más o menos culpables que yo o que usted.
El márgen de error del sistema judicial es tan amplio, y la posibilidad de culpar a un inocente tan grande, que resulta difícil comprender la facilidad con la que jueces encumbrados, con buenas intenciones, aplican castigos irreversibles.
La ejecución es una ceremonia alarmante de barbarie. Toda ella es una farsa justiciera destinada a preservar el "honor" de la víctima y demostrar ante ella "compasión". Pero en resumidas cuentas, simplemente se ejecuta al culpable cuando está encadenado e indefenso.
¿Qué logramos con ello? Ni siquiera disuasión. De hecho, también en países donde existe la pena de muerte hay criminales. Estados Unidos es un ejemplo excelente: los numerosos casos de crímenes en serie; el arte de matar por matar.
Durante años, me jacté de vivir en un Estado en el que no existe la pena de muerte por actos criminales delictivos; tampoco por atentados terroristas. Eso para mí es una señal de cordura de un país seguro de sí mismo y de su derrotero de justicia que no se cobra venganza, incluso de sus enemigos.
No nos desmoronemos al nivel social más bajo aplicando la pena de muerte. No creo que con ello podamos salvar ni siquiera la vida de un solo niño.
Fuente: Israel Hayom - 22.1.10 Traducción: Lea Dassa para Argentina.co.il
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