|
|
Opinión
|
|
|
Escrito por Moshé Arens
|
|
 Barack Obama aprendió en este último año lo que otros, más experimentados en el tema de Oriente Medio, sabían todo el tiempo: el conflicto israelí-palestino es un problema muy difícil de resolver.
"Voy a ser sincero. Es muy difícil. Nos extralimitamos en nuestras suposiciones acerca de convencer a ambas partes. Si hubiéramos considerado algunos de los problemas quizás las expectativas no habrían sido tan excesivas".
Estas palabras fueron pronuncias la semana pasada por el presidente de EE.UU, Barack Obama, en un reportaje a la revista "Time". A pesar de la decepción, el mandatario manifestó que seguirá actuando en pro de la disolución del conflicto entre israelíes y palestinos basado en la fórmula de dos Estados.
Obama aprendió en este último año lo que otros, más experimentados en el tema de Oriente Medio, sabían todo el tiempo: el conflicto israelí-palestino es un problema muy difícil de resolver. Asuntos graves como éste no se solucionan fácilmente (si es que en realidad tienen remedio) incluso cuando el presidente de EE.UU pone toda su influencia sobre ellos.
Imposible mostrarse optimistas en lo referente a la continuidad de los esfuerzos mediadores de EE.UU, dado que, por lo visto, Obama reafirmó su postura con relación a la solución de dos Estados en cuyo marco "Israel tendrá seguridad y los palestinos soberanía".
Muchos intentaron lograr esa meta desde la firma de los Acuerdos de Oslo entre Itzjak Rabín y Yasser Arafat, hace casi 17 años. En ese momento existió quizás un motivo para creer que Arafat - que gozaba del apoyo de la mayoría de los palestinos en Cisjordania y Gaza y del mundo árabe - podría materializar un pacto de paz que firmaría con Israel.
Pero por lo visto, no era su intención llegar a un acuerdo; quienes lo conocieron, lo entendieron ya en ese entonces. Fue un caso adicional de esperanza, una de tantas en el devenir de los años. El apasionamiento obsesivo por la idea de dos Estados se encuentra básicamente en la mayoría de esos sueños pletóricos de ingenuidad.
En realidad, la idea parece mágica. Como en el juicio de Salomón, la Tierra de Israel debería repartirse entre el Estado de Israel y los palestinos para que judíos y árabes puedan convivir pacíficamente. Sin embargo, aquéllos adictos a quimeras se inclinan por ignorar la asimetría existente entre ambas partes en su situación actual.
Israel es un estado-nación en el que rige un gobierno electo democráticamente con autoridad para entablar negociaciones acerca de convenios internacionales y acatar sus condiciones.
Los palestinos están divididos entre la Franja de Gaza, dominada por Hamás, sin intención alguna de llegar a un acuerdo de paz con Israel, y Cisjordania, en la que el líder electo de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbás, carece de plena autoridad. Abu Mazen, a quien Obama y Netanyahu le solicitan inutilmente negociar con Israel, no podrá concretizar ningún pacto que firme; además, tampoco está en posición de llegar a un acuerdo que pueda ser aceptado por Israel.
Entonces, ¿cómo es posible llegar a un solución basada en dos Estados?
¿Quién le dirá a Obama que su intento de concretizar dicha fórmula es como perseguir el final del arco iris? ¿Dónde está el niño que gritará que el rey está desnudo? ¿Quién le dirá al presidente de EE.UU que la solución de dos Estados es sólo una quimera, por lo menos esporádicamente, y que si continúa con sus intentos podría decepcionarse aún más? Seguramente, no será uno de esos asesores que le propuso exigir a Netanyahu el congelamiento total de la construcción en Judea y Samaria o en Jerusalén Este y le permitió a Abbás interrumpir las conversaciones con Israel; tampoco serán aquellos colegas en el lobby judío de izquierda norteamericano "J-Street".
Está claro que también Netanyahu decidió participar en ese juego en lugar de enfrentarse con Obama y ofrecerle nuevas alternativas. ¿De qué ideas se trata? La raíz de una idea como ésta puede hallarse en la propuesta de Abbás, que EE.UU mantenga negociaciones con Israel en su lugar. Esto, por supuesto, no conducirá a ninguna parte. ¿Pero qué pasaría si Jordania negociara con Israel en lugar de Abbás? Eso devolvería un poco el equilibrio a un problema sin solución y modificaría un tanto la asimetría que continúa entorpeciendo los intentos por encontrar una posible salida.
Fuente: Haaretz - 26.1.10 Traducción: Lea Dassa para Argentina.co.il
|
|
|
|
|
|
|
|
Buscar en Argentina.co.il
|
|
|