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Judaísmo
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Escrito por Rabino Gustavo Surazski
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Miércoles 24 de Marzo de 2010 03:27 |
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 De generación en generación
- Desde un punto de vista científico podemos afirmar - sin temor a equivocarnos - que somos entidades biológicas radicalmente diferentes a lo que fuimos siete años atrás.
Todas la células de nuestro cuerpo - a excepción de las neuronas y los ovulos, en las mujeres - se renuevan en su totalidad cada siete años, lo que demuestra que el cuerpo que tenemos a nuestra disposición hoy no es el mismo que tuvimos a nuestras disposición al momento de nacer.
Esta afirmación también podría extenderse a otros ámbitos de nuestra existencia. Muchos son los aspectos de nuestras vidas que cambian con el transcurso del tiempo.
Nuestro lugar de trabajo puede ser otro. Nuestro marco social también suele ser cambiante; tal vez, incluso, nuestras parejas. La familia se agranda y se achica simultáneamente. Algunos nacen; otros, a nuestro pesar, se van de nuestro lado.
¿Cómo es posible, entonces, que seamos tan diferentes y aun así sintamos ser las mismas personas que fuimos en el pasado?
La respuesta está vinculada a la memoria. Los recuerdos son la columna vertebral que une las diferentes etapas de la vida de todo hombre.
Aun cuando hoy seamos radicalmente diferentes a lo que fuimos ayer, la memoria une al "Yo" del presente con aquel del pasado.
De igual manera podemos afirmar que los eslabones generacionales de un pueblo se reúnen por obra y gracia de la memoria colectiva.
El pueblo judío de la Edad Media es radicalmente diferente al pueblo judío de nuestros días. Los tiempos son otros y también han cambiado sus líderes y sus instituciones.
Sin embargo, los relatos, las costumbres y la pasión que escuchamos de nuestros ancestros y transmitiremos a nuestros hijos, son quienes transformarán diferentes generaciones en un sólo pueblo.
Recuerdo la primera vez que escuché a mi hija cantar el "Ma Nishtaná", las cuatro preguntas que sirven de disparador para el relato del éxodo de Egipto en la noche del Seder. Paralelamente a la emoción natural de todo padre, sentí una gran carga sobre mis espaldas.
Ella es mi próxima generación y recibirá mi "mochila". ¿Podré contarle la historia tal como la recibí yo? ¿Podrá ella conservarla tal como yo la conservé? ¿En cuánto depende ésto de ella y en cuánto depende de mí?
Pero no todo en la historia del pueblo judío son logros. Entonces ¿Para qué revolver el pasado? Muchos son los convencidos de que lo mejor que existe para reconciliarse con un pasado triste es olvidarlo y reescribir la propia historia. Otros consideran que no se puede crecer de espaldas a ella.
El Talmud nos enseña que cuando se lee la Hagadá en Pesaj antes de agradecer la liberación de Egipto, debemos recordar la parte mala de la historia.
En Pesaj no sólo recordamos que fuimos liberados; también recordamos que tuvimos un pasado miserable; un pasado en el que descendimos hasta el último peldaño de la impureza.
Y a pesar de que hay ciertas partes de nuestra historia que nos gustaría olvidar, en Pesaj recordamos que en nuestro pasado hay espinas...y muchas. En Pesaj reafirmamos año tras año que un pueblo no puede vivir con un pasado selectivo.
La historia debe agregar memorias, no quitarlas. La historia debe ser narrada en su totalidad.
Las palabras que salen del corazón, ingresarán al corazón. Pero aquellas que no salen del corazón - sino sólo de la boca - no atravesarán siquiera el umbral del oído.
Quiera Dios que podamos transmitir nuestro fuego a las generaciones futuras a fin de que nuestras palabras logren llegar a su corazón.
¡Shabat Shalom y Jag Sameaj!
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